Bienvenidos al blog de la readvolution

Bienvenidos al blog de la readvolution

domingo, 16 de octubre de 2011

Un banquete inolvidable


¿Existe una manera mejor de evocar una comida feliz? Siempre que participo en una comilona con gente a la que quiero aparece esta escena de El sol de los Scorta. Puedo saborear la comida, sentir la luz del sol en mi piel, escuchar el ruido de los platos entrechocando, el cercano murmullo del mar y puedo sentir como si estuviera dentro de la escena la emoción del momento, la felicidad de lo efímero... Será por eso que este libro se ha quedado conmigo desde que lo leí hace ya algunos años.

Carmela y su familia habían sido los primeros; pero cuando acababan de sentarse, oyeron unos gritos alborozados procedentes de la pequeña escalera. Domenico y Maria llegaban con sus dos hijas, seguidos de Giuseppe, su esposa y el pequeño Vittorio. Ya estaban todos allí. Se abrazaban. Las mujeres se hacían cumplidos por la elegancia de sus vestidos. Los hombres se ofrecían cigarrillos y levantaban en vilo a sus sobrinos, que chillaban regocijados en los brazos de aquellos gigantes. CarmeLla se sentó aparte unos minutos. El tiempo justo para contemplar a la pequeña comunidad. Todos sus seres queridos estaban allí. Radiantes de felicidad a la luz de un domingo en que los trajes de las mujeres acariciaban las inmaculadas camisas de los hombres. El mar estaba calmado y alegre. Carmela esbozó una sonrisa especial. De confianza en la vida. Su mirada se deslizó por todos los presentes. Giuseppe y su esposa Mattea, una hija de pescadores que había reemplazado la palabra «mujer» por «puta» en su vocabulario particular, de tal modo que no era extraño oírla saludar a una amiga en plena calle con un estruendoso «Ciao, puttana!» que hacía reír a los viandantes. La mirada de Carmela seposó en los niños con ternura: Lucrezia y Nicoletta, las hijas de Domenico, que llevaban unos vestidos blancos preciosos; Vittorio, el crío de Giuseppe y Mattea, a quien ésta le daba el pecho murmurando: «¡Chupa, tontaina, chupa, que es todo para ti!»; yMichele, el benjamín del clan, que berreaba en su mantilla mientras las mujeres se lo pasaban de mano en mano. Carmela los contempló y se dijo que todos podrían ser felices. Simplemente felices. La voz de Raffaele la sacó de su ensimismamiento.¡A la mesa! –gritaba-. ¡A la mesa! Carmela se levantó e hizo lo que se había prometido hacer. Ocuparse de los suyos. Reír con ellos. Besarlos. Abrazarlos. Ser de todos y cada uno de ellos, con delicadeza y alegría. Eran una quincena de personas a la mesa, y durante unos instantesse miraron en silencio, sorprendidos al comprobar cuánto había aumentado el clan. Raffaele estaba exultante de alegría y apetito. Llevaba tanto tiempo soñando con aquel momento... Todos sus seres queridos estaban allí, con él, en su trabucco.

Iba de acá para allá, de horno a la cocina, de las redes a la mesa, sin tomarse un respiro, para que todo el mundo estuviera servido y no echara en falta nada. Ese día quedó grabado para siempre en la memoria de los Scorta. Porque para todos, adultos y niños, aquélla era la primera vez que comían así. El tío Faelucc’ había hecho las cosas a lo grande. Como antipasti, Raffaele y Giuseppina sirvieron una decena de platos. Había mejillones del tamaño de un pulgar, aderezados con una mezcla a base de huevo, miga de pan y queso. Anchoas en escabeche, con una carne tan suave que se fundía en la boca.Salpicón de pulpo. Ensalada de tomates con achicoria. Finas rodajas de berenjena a la brasa. Anchoas fritas. Los platos iban de un extremo a otro de la mesa. Todos se servían con la alegría de no tener que elegir y poder comer de todo. .Cuando los platos estuvieron vacíos, Raffaele dejó sobre la mesa dos enormes y humeantes fuentes. En una, la pasta típica de la región: Troccoli con tinta de calamar. En la otra, un risotto de marisco. Los platos fueron acogidos con un viva general que hizo ruborizarse a la cocinera. Era el momento en que el apetito ya se ha abierto y se tiene la sensación de poder comer durante días. Raffaele también sacó cinco botellas de vino del país. Un caldo rojo, áspero y oscuro como la sangre de Cristo. El calor había llegado al punto culminante. Un sombrajo de paja trenzada protegía del sol a los comensales, pero el aire era tan abrasador que hasta los lagartos debían de estar sudando. Las conversaciones se mezclaban con el tintineo de los cubiertos y se interrumpían ante la pregunta de un niño o con la caída de un vaso de vino. Se hablaba de todo y de nada. Giuseppina explicaba cómo había hecho la pasta y el risotto. Como si hablar de la comida mientras se tomaba la hiciera aún más apetitosa. Se charlaba. Se reía. Todos estaban pendientes de su vecino, velando para que nunca tuviera el plato vacío. Cuando acabaron con los platos principales, todos estaban ahítos. Con la barriga llena. A gusto. Pero Raffaele no había dicho su última palabra y, a continuación, puso sobre la mesa cinco grandes bandejas rebosantes de pescado capturado esa misma mañana.Lubinas, doradas... Un enorme plato de calamares fritos. Gruesas gambas asadas a la brasa. Había hasta langostinos. Al ver semejantes platos, las mujeres juraron y perjuraron que no los tocarían. Que era demasiado. Que iban a estallar. Pero no podían hacerles un feo a Raffaele y Giuseppina. Y no sólo a ellos. Tampoco a la vida, que les había regalado un banquete que jamás olvidarían. En el Sur se come con una especie de frenesí y glotona avidez. Tanto como se puede, como si lo peor estuviera por llegar. Como si fuera la última vez que se come. Mientras haya comida hay que comer. Es una especie de instinto pánico. Y si se pone uno malo, pues qué se le va a hacer. Hay que comer, con alegría y exageración. Los platos de pescado dieron la vuelta a la mesa y se saborearon con pasión. Ya no se comía para llenar el estómago, sino para satisfacer el paladar. Pero, pese a lo mucho que gustaron, no hubo manera de acabarse los calamares fritos. Y eso dejó a Raffaele rebosante de satisfacción. Tenía que sobrar comida, porque lo contrario era señal de que los invitados se habían quedado con hambre. Al final del banquete, Raffaele se volvió hacia su hermano Giuseppe y, dándole una palmadita en el estómago, le preguntó:
-Pancia piena?
Todos se echaron a reír mientras se aflojaban el cinturón o sacaban el abanico. El calor había bajado, pero tanta comida ingerida y tanta alegre masticación empezaban a hacer sudar los atiborrados cuerpos. Así que Raffaele llevó a la mesa cafés para los hombres ytres botellas de digestivos: una de grappa, otra de limoncello y otra de aguardiente de laurel. Cuando todos estuvieron servidos, les dijo:
-Ya sabéis que todo el pueblo nos llama «los callados». Dicen que como somos hijos de la Muda, la boca nos sirve para comer, pero no para hablar. Bueno, enorgullezcámonos de ello. Si vale para mantener alejados a los entrometidos y hacer rabiar a esos idiotas, bienvenido sea el mote. Pero que ese silencio sea para ellos, no para nosotros. Yo no he vivido todo lo que habéis vivido vosotros. Es probable que me muera en Montepuccio sin haber visto otra cosa del mundo que las resecas colinas de nuestra tierra. Pero ahí estáis vosotros. Sabéis muchas más cosas que yo. Prometedme que les hablaréis de ellas a mis hijos. Que les contaréis lo que habéis visto.Que lo que aprendisteis durante vuestro viaje a Nueva York nodesaparezca con vosotros. Prometedme que cada uno contará una cosa a mis hijos. Una cosa que haya aprendido. Un recuerdo. Unavivencia. Hagámoslo los unos por los otros. De tíos a sobrinos. De tías a sobrinas. Un secreto que mantengáis guardado y que no contaréis a nadie más. Algo sin lo que nuestros hijos serían como cualquier otro montepucciano. Que no sabe nada del mundo. Que sólo conoce el silencio y el calor del sol. Los Scorta aceptaron. Sí, que así fuera. Que todos hablaran al menos una vez en la vida. A un sobrino o una sobrina. Para contarle lo que sabía antes de desaparecer. Hablar una vez. Para dar un consejo, para transmitir lo que sabe. Hablar. Para no ser simples animales que viven y mueren bajo el silencio del sol.

3 comentarios:

l'archivadora dijo...

Este libro lo leí hace un par de años y me encantó. Es de esos, que como tu bien dices, se han quedado pegados a nosotros. Es otro de los que, en mi opinión, no han tenido el éxito que merecen.

Me acordé muchísimo de él cuando estuve este verano en el sur de Italia.


P.D: y sí, en el sur de Italia comen mucho, muchísimo.

Libros Que Voy Leyendo dijo...

Le tengo entre mis lecturas pendientes gracias a una recomendación que nos hicieron en nuestro blog. Después de leer tu reseña, me pregunto, ¿por qué aún no he empezado a leerlo? tengo que sacar tiempo ya!

te seguimos

un beso
Lourdes

Compañía de Libros dijo...

L´archivadora, hemos hecho varios clubes de lectura con el libro y ha gustado mucho. Respecto al éxito, yo creo que se ha vendido bien pero no se le puede meter en la categoría de bestseller porque quizás no es para todo tipo de lectores. Entiendo lo que dices del sur y de Italia con relación al libro porque ya también la he tenido.
Lourdes (de Libros que voy leyendo) ahora ya, es el momento. Mi publicación es una señal ja,ja... Gracias por seguirme.