Bienvenidos al blog de la readvolution

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martes, 26 de octubre de 2010

Entrar en una librería según Pedro Mairal


La literatura es un gran misterio y cada día me convenzo más. Hoy, vía teléfono, mi madre me ha hecho una recomendación sobre un libro que acababa de leer, prestado por mi hermano. Ha insistido en que lo leyera con el argumento de que a ambos les había gustado y a cada uno por un motivo distinto. La novela en cuestión se llama Salvatierra y su autor (para mí desconocido, pese a ser librera) Pedro Mairal. Y he aquí lo que el autor piensa sobre entrar en una librería:

"Entrar en librerías, últimamente, me da mucha ansiedad. Trato ahora de entender las causas y noto que son varias y algo difusas. Para empezar, mi casa ya está llena de libros, muchos no leídos, o leídos por la mitad, libros en los estantes y también apilados en el piso contra las paredes, divididos en torres de las distintas literaturas –argentina, inglesa, latinoamericana, española, francesa–, torres que se derrumban cada tanto y tengo que volver a levantar. No hay más lugar para los libros, pero siempre se agrega alguno. Por eso entro en las librerías ya saturado y aplastado por el peso de lo no leído, el peso de las lecturas pendientes y los anillados intactos de mis amigos, juntando polvo sobre mi escritorio. Entro con una culpa original, una sensación de “no debo estar acá”, pero me lanzo sobre las mesas de novedades y casi en seguida me arrepiento, me da taquicardia. Todas esas tapas, ese diseño gráfico cultural rozándome las cuerdas, el marketing trabajando sobre mi persona, haciéndome calcular cuánta plata tengo en el bolsillo. Algo me aturde. Cómo escribe la gente, pienso, cómo publican, parecen todos César Aira, y yo sin escribir, sin publicar, sin tener siquiera un libro en el alma, como dice Pasolini. Qué bien funciona el mundo sin uno (el mundo editorial y el mundo entero). Qué paliza para el ego literario.

Suceden demasiadas cosas a la vez en esas mesas de novedades. Sobre todo en las novedades locales, uno puede ver las fuerzas chocando entre sí: los inventos editoriales, los intentos por reinstalar un autor, la timidez sobrepuesta de algún colega que al fin se animó, las apuestas a la calidad (esa palabra de la industria láctea como dice Cucurto), el buen ojo de un editor, las esperanzas de bestsellerismo, los premios, las poses no posadas en las solapas, las contratapas elogiosas escritas por el autor mismo, todo lo que el viento se llevó y se llevará. Ahí está la guerra visible de la que los narradores argentinos forman parte, los grupos editoriales, la incidencia oblicua del campo intelectual, un recorte extraño de lo que se escribe hoy día. Uno conoce las internas que conllevó esa antología, las amistades que se rompieron en el proceso de edición, los entramados hormonales de la lista definitiva, y el lobby de esa otra colección, los cafecitos secreteados, los chismes, la extorsión emocional. Cada libro es la punta del iceberg de un intento de operación cultural. Los títulos entre sí se sacan chispas. Como en todas las épocas.

Y está también la ansiedad cuando acabo de sacar un libro, porque me busco de reojo y expectante, me detecto, por un instante me hago upa a mí mismo, disimulo entre las mesas. Después, con las semanas, el libro se va saliendo de foco, se va a los estantes para alejarse finalmente hacia los saldos y los galpones de stock. El director de la librería Hernández, Ezequiel Leder Kremer, contó en una mesa redonda que una plaga de las librerías son los autores de incógnito en busca de su propio libro. Llegan, buscan, preguntan por un libro, hacen ir al empleado hasta el sótano a buscarlo y después lo dejan en un lugar visible. Dan trabajo y no compran nada. Y hay historias tristes. La de Fitzgerald, por ejemplo, cuando en sus últimos años de guionista en Hollywood quiso mostrarle a su nueva secretaria que él era un escritor importante y la fue llevando por las distintas librerías de la ciudad buscando sus novelas sin poder encontrar un solo título".

Extracto de Entrar en librerías Por Pedro Mairal
Publicado en el blog: http://pedromairal.blogspot.com/


Bueno, Pedro, el caso es que, aunque haces un análisis diez del asunto, no cuentas con la magia de los libros, ese encuentro que se produce en el éter, ese extraño fenómeno del destino lector que viaja de boca a boca, a miles de kilómetros en este caso, y que consigue para el autor un maravilloso regalo: el de conseguir lectores.

4 comentarios:

Adela dijo...

Me recuerdasque cada vez que entro en una librería, mi esposo me dice: ¡pero no te cansas de comprar libros! Veo muchas cosas en común con ese texto,eso del"marketing trabajando sobre mi persona" es una verdad de Perogrullo.
Gracias por la entrada, de librera a librera.
AD

Compañía de Libros dijo...

Adela, estoy de acuerdo con tu apreciación del "marketing trabajando sobre mi persona". No te imaginas la de veces que yo, también, lo he sentido. Un saludo,

oesido dijo...

Lo del síndrome del "comprador compulsivo de libros" da para una tesis universitaria ... pero y lo bien que quedan todos ellos apiladitos en sus estanterías. Ese sentimiento íntimo de poseer a Nabokov, Levrero, Auster, Bolaño, es adictivo. Hay otros síndromes de comprador compulsivo, el de productos Zara, gadgets tecnológicos, zapatos, etc.; el de los libros no es ni el más caro ni el más alienante. Y a veces uno hasta se lee un libro de los que adquiere (aunque ésto no es, en todo caso, imprescindible). Un saludo

Elena Rius dijo...

Muy interesante ese fragmento que citas de Pedro Mairal (tampoco conocía yo a este autor). Refleja muy bien lo que se siente al entrar en una librería y da para pensar.