Bienvenidos al blog de la readvolution

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domingo, 20 de abril de 2008

Día del libro 2008

Nación lectura


Nosotros, los lectores, buscamos con encono esa habitación propia, aludida por Virginia Wolf, para dar rienda suelta a nuestra pasión lectora. A veces se nos niega el silencio, la soledad, el sosiego… Pese a todo, como avezados cazadores de tesoros que somos, logramos zafarnos de las interferencias y situarnos allá donde más nos gusta estar: frente al libro, prendidos los ojos en sus páginas, absortos por la maestría de los buenos contadores de historias. Somos lectores, a secas. Ni buenos ni malos. Lectores que nos explicamos a nosotros mismos a través de los libros. Bibliotecas andantes incapaces, reconozcámoslo, de recordar títulos, personajes, autores o argumentos. Confundidos de tanto papel consumido vorazmente. Ése es nuestro sino. Nacimos con el don de conectar con mundos inexistentes, salvo en la cabeza del lunático o lunática que los traspasó al papel por pura necesidad.
Somos una especie de secta que alimenta su permanencia en este mundo (mal llamado terrenal) de hechos fingidos, elucubrados y a lo peor inventados de cabo a rabo. Si probaseis a censarnos, con objeto de encerrarnos a todos en un mismo lugar, difícilmente hallaríais linde mensurable. ¿Dónde vamos a meter a todos éstos? cavilarían los responsables de la ardua tarea: ¡Son tantos y tan mal avenidos! Cierto, somos un ejército de peones en discordia, enfadados unos con otros por meras cuestiones de gusto. Mal avenidos, capillistas, rencorosos, belicosos, dispuestos a batirnos el cobre por sujetos que no moverían ni el dedo gordo del pie por nosotros. Y a decir verdad, también somos entrometidos. En vagones de metro, de tren, en los autobuses, sentimos la irrefrenable necesidad de averiguar qué absorbe el alma gemela sentada tres asientos más allá del nuestro. Casi podríamos enamorarnos de su fruición, de su capacidad de abstraerse y permanecer dentro. No importa de qué. Sabemos muy bien lo que se siente. Es más: lo experimentamos constantemente. Reconocemos todas las señales corporales: ceño fruncido, risa bobalicona, hombros hundidos, cabeza oscilante… ¡Qué reconocible parentesco con el anónimo disfrutador!
Para entretenernos en nuestra condición de rumiantes se nos anuncia periódicamente la muerte de nuestro objeto de pasión. “Jorobaros lectores, en menos que canta un gallo os vais a quedar sin libros, ya veremos entonces a qué dedicáis tanta hora muerta”. Socialmente tenemos el honroso reconocimiento de matadores de horas, cuando no de aburridos, calificativo que nos endosan a temprana edad, visto lo poco que sabemos disfrutar de la vida…
Pese a nuestro escaso prestigio social los no lectores opinan que nuestra vis esotérica es lo mejor que le podría suceder a sus más cercanos parientes: hijos, hermanos, padres, amistades; salvo a ellos. Ellos, jamás tienen tiempo.

Nosotros, lectores, habitamos la nación lectura que posee sus leyes de obligado cumplimiento, sus derechos inherentes y deberes manifiestos, sus incoherencias de base y sus episodios chuscos que han sentado jurisprudencia. Una nación compuesta por una babel de lenguas en la que nadie se atreve a alzar el listón de “mejor que” ni “más útil para”. No lo permitimos. Es el único sitio que nos queda para rebelarnos contra las imposiciones. ¿Les estoy pintando el paraíso? ¡Nooooo! Yo les hablo de otra cosa: de un lugar inexistente en los mapas donde a veces soy feliz, pero no siempre, a veces me emociono, pero otras me asqueo, a veces me pregunto cómo se puede escribir tan bien y casi las mismas me siento estafada y reniego de mi mala suerte. Es mi lugar en el mundo. El sitio donde quiero que me sorprenda la muerte cuando llegue. Es mi auténtico país, mi seno materno, el trozo transportable que va conmigo adonde yo voy, el único lugar en el mundo al que sé con certeza que pertenezco: la nación lectura.

*Cecilia Monllor es periodista, editora y librera

1 comentario:

oesido dijo...

Si señora, esos somos los lectores.