Bienvenidos al blog de la readvolution

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lunes, 20 de octubre de 2014

¿Piedad o impaciencia? ¿Mero matiz de editor?


Lo precioso de la literatura es su condición de bucle. Hace años, tantos que se han convertido en un delgado hilo para la memoria, los escritores centroeuropeos estuvieron de moda. Mi madre mencionaba como autores de culto a  Lajos Zilahy, húngaro o a Stefan Zweig, austriaco. Fruto de su interés  por estos autores quedaron aquellos tomos de papel pergamino donde en mi adolescencia leí, por ejemplo, Los Dukay.  Leer y olvidar, no obstante. Porque cuando se produjo el boom de la literatura centroeuropea, gracias a editoriales como Salamandra o Acantilado, supe por mi madre que lo que yo consideraba  novedades no eran sino el rebrote o redescubrimiento de pequeñas joyas que las modas literarias, con sus caprichos incomprensibles y sus editores avezados, volvían a traer a la memoria lectora como una ola de gratitud por la óptima factura de sus autores.

El buen escritor no se improvisa, tampoco el buen lector. Lleva tanta inversión de  tiempo y esfuerzo ser buen escritor como buen lector porque el abnegado subir cimas, manejándose con impericia en una selva de preguntas que uno  ni siquiera  sabe que podrían interesarle, requiere dedicación. Así el lector iluminado, el que se enciende como una bombilla cuando se tropieza con una súbita relevelación para sus sentidos, considera al buen autor un regalo caído del cielo. Su gratitud hacia él no posee límites y, por supuesto, se sacude de encima las incómodas etiquetas de autor de moda o autor borrado del mapa.

Yo he leído La impaciencia del corazón, mi madre La piedad peligrosa. Son el mismo libro, ambos de Stefan Zweig. El editor antiguo lo llamó de un modo, el moderno de otro. ¿Leeríamos mi madre y yo la misma novela?
Dado que gran parte de mi trabajo se circunscribe a la organización y gestión de clubes de lectura, podría organizar uno con mi madre para resolver este enigma. Sin embargo, a riesgo de anticiparme a los resultados de este experimento, resuelvo que tanto la una como la otra habríamos leído el mismo y distinto libro; y no tanto por la traducción, los años que median entre nuestras lecturas o la diferente educación que hemos recibido cada una de nosotras, sino porque siempre sucede lo mismo con cualquier libro que leemos y eso bien lo sabemos las personas que nos dedicamos a la animación a la lectura. Cada lector lee su libro y se lee a si mismo, al tiempo que efectúa su trabajo como lector. 

 De la misma forma que el teniente Hofmiler y el doctor Condor entienden la compasión de diferente manera: «Hay dos clases piedad. Una, débil y sentimental, que en realidad sólo es impaciencia del corazón para liberarse lo antes posible de la penosa emoción ante una desgracia ajena, es una compasión que no es exactamente compasión, sino una defensa instintiva del alma frente al dolor ajeno. Y la otra, la única que cuenta, es la compasión desprovista de lo sentimental, pero creativa, que sabe lo que quiere y está dispuesta a aguantar con paciencia y resignación hasta sus últimas fuerzas e incluso más allá. Sólo cuando uno llega hasta el final, hasta el final más extremo y amargo, sólo cuando uno tiene la gran paciencia, puede ayudar a los hombres. ¡Sólo cuando se sacrifica a sí mismo, sólo entonces!». Estas son palabras de Condor a Hofmiler. Mientras el médico tiene claro su punto de vista, el teniente se debate en  los misterios de la piedad peligrosa. El médico le aclara cómo lo ve él: « ¡Un adulto tiene que pensar, antes de inmiscuirse en un asunto, hasta dónde está dispuesto a llegar! ¡No se juega con los sentimientos ajenos. Lo admito, usted encandiló a esa buena gente llevado por los motivos más nobles y honrados, pero en nuestro mundo no importa si uno actúa con dureza o con timidez, sino sólo lo que al final se consigue o se provoca».

Los dos personajes se hallan frente al mismo desafío: desean ayudar  a Edith Kekesfalva.
La joven, inválida desde hace algún tiempo, entra fortuitamente en la vida del teniente por un pequeño incidente donde el militar la invita a bailar sin conocer de antemano sus impedimentos, lo que ella toma como una burla. Los malentendidos se suceden en la novela y dan pie a los entresijos que la construyen como artefacto narrativo. En eso no difiere  de otras grandes obras: personajes bien levantados, descripciones suculentas, reflexiones oportunas expresadas con la brillantez de quien ha desechado muchas cuartillas, trucos del oficio  que se aproximan más a la hipnosis de la curiosidad que al engaño del traspantojo. Todo en aras a llevar al lector al corazón de la novela: ¿Es lícito involucrarse en algo donde no estamos dispuesto a darlo todo? ¿Debe un ser humano tender la mano afectuosa y luego alejarse a toda prisa? ¿Es conveniente aceptar telas de araña sin sopesar antes lo pros y los contras? ¿Y si esas telas de araña ni siquiera se advierten, cómo entonces salir indemne sin que la conciencia te considere un rufián?
Quizás al autor de la novela que leyó mi madre hace más de cuarenta años y la que he terminado yo, años después de su reedición, no le importen tanto las respuestas como que nos formulemos las preguntas pertinentes, pues por su pluma sabemos que «la resistencia del individuo aislado contra una organización, requiere siempre mucho más valor que el mero dejarse arrastrar, es decir, requiere valor individual, cuya especie se extingue en nuestros tiempos de organización y mecanización progresivas.»
Cuando leer ahonda un poco más en quién eres,  cuando leer funciona como ese escalpelo del que hablaba Kafka para horadar el cráneo, leer es la recompensa. Por eso, La impaciencia del corazón, querida madre lectora, ha perdurado y te emocionó tanto que me has hablado de ella durante años. He dejado demasiado tiempo tu recomendación en stand by, como los ordenadores, a la espera del momento oportuno para lanzarme a ella. Finalmente he cerrado mi ejemplar de Acantilado con varias ideas resbalando como huesos de cereza por la conciencia: «el instinto de autoengaño del hombre suele librarlo interiormente de los peligros conscientes declarándolos nulos o sin valor» o «solo cuando uno sabe que es algo también para otros, descubre el sentido y la misión de su propia existencia». Pequeñas gotas de reflexión para lectores de todas las épocas.

lunes, 28 de julio de 2014

Lo que afecta



El jilguero: Carel Fabritius 

Los grandes cuadros atraen a multitudes, la gente va en tropel a verlos, son reproducidos sin cesar en tazas de café, alfombrillas para el ratón y todo lo que tú quieras. Y yo me cuento entre esa gente, puedes pasarte la vida yendo a museos, dando penosamente vueltas por sus salas y luego salir e ir a comer. Pero si un cuadro te llega de verdad al corazón y cambia tu forma de mirar, de pensar, de sentir,  no piensas: «Oh, me encanta este cuadro porque es universal» o «Me encanta este cuadro porque habla a toda la humanidad». Esa no es la razón por la que alguien ama una obra de arte. Es un susurro secreto desde un callejón: «Pss. Eh, chico. Sí, tú».  Fallo cardiaco individual. Tu sueño, el sueño de Welty, el sueño de Vermeer. Tú ves un cuadro, yo veo otro, el libro de arte lo pone a cierta distancia, la mujer que compra el cuadro en la tienda de regalos del museo ve algo totalmente diferente, y eso por no mencionar a la gente de la que estamos separados por el tiempo: cuatrocientos años antes de que llegáramos nosotros o cuatrocientos después de que nos hayamos ido, nunca afectará a nadie del mismo modo y a la gran mayoría jamás les afectará de forma profunda, pero... un cuadro importante fluye con suficiente potencia para abrirse paso hasta la mente y el corazón a través de toda clase de enfoques diferentes, de maneras únicas y particulares. . «Soy tuyo, tuyo. Me pintaron para ti.» 

Fragmento de El Jilguero, Donna Tart. Editorial Lumen   

miércoles, 23 de abril de 2014

Primer amor



¿Cómo empezar esta carta? Dirás tú, ¡por el principio! Pero, ¿dónde está el principio de nuestro amor? Reconozco mi frivolidad. En un primer momento me atrajo tu físico porque yo no sabía aún ver, solo miraba y me embelesaba y te repasaba de arriba abajo con dedos temblorosos. Más tarde, cuando ya si sabía ver, me atrajo tu capacidad de seducción. Eras incansable en tus mañas,  me atraías y me empujabas a la vorágine y nunca me saciaba de ti. Pasaron los años y el reino de ti se hizo cada vez más enigmático. Podías ser breve o muy enrevesado, prístino o cavernoso como una noche sin luna, riente  o desolado, lacónico o explicativo al modo de un profesor vocacional. Prendida en tu red de misterios, acudía a ti día y noche buscando respuestas y solo encontraba nuevas preguntas para seguir enganchada a ese amor que no me soltaba ni un instante. Nuestras citas se alargaban y buscaban cualquier pretexto para prolongarse en el espacio y el tiempo. Perdía las ganas de comer, de salir, de tener cosas, de no estar cerca de ti. ¿Imaginas el desconcierto de reconocerme una adicta? Dependía de ti para vivir y eso me alarmó. ¿Así de incondicional era mi pasión? ¿Moriría devorada por tus largas lianas?
 Bien pronto descubrí que no era tu única dueña, además de compartirte no me quedó otro remedio que abrirme a tu insondable naturaleza y reconocer mi papel de hurí de un vasto harén de enamorados y enamoradas.
Ahora mi secreto ya no es secreto. Desde que decidí públicamente declararme, he conseguido eso tan gozoso que es hablar de ti a todas horas con quien me comprende porque comparte la pasión de mi fervor incondicional. Ellos también te aman. 

¡Querido libro, mi primer amor! Te amo desde niña. Desde aquel lejano día que te posaste en mis manos, grande y enigmático, disfrazado de cuento de hadas, posesión de la infancia de mi madre, te he querido. Has sido mi primer amor y serás siempre el compañero inseparable de mi viaje por este mundo, que dicen los físicos está formado por vacíos.
Si hay millones de vacíos en cada uno de nosotros tú eres la luz zigzagueante que se cuela como la cola de un  cometa por cualquier intersticio de mi mente. 
¡Gracias por existir! Y aunque a veces te retire de mi mesilla, enfadada por tu aspecto o por tus palabras torpes o por lo flojo que te has vuelto, siempre vuelvo a ti, siempre te doy una nueva oportunidad porque debajo de esos ropajes, adivino disfraces. Desde que el primer vacío que dicen que somos escribió unas frases y se las pasó a otro vacío, el virus se propagó. Y ya no hubo remedio. Inoculados por tu veneno, querido libro, somos legión los que nos reconocemos amantes incondicionales. 
Déjame hoy individualizar mi amor, porque yo siento que soy única para ti. Siempre tuya, 


Cecilia 

lunes, 21 de abril de 2014




Recomiendo el blog de Álvaro Torres  con sus traducciones al español de poemas de Emily Dickinson. Es una delicia pasear por esta página y dedicar tiempo a saborear los versos de esta mujer prodigiosa que escribió algo tan hermoso como:

No tengo más Vida que ésta
Para llevarla aquí
Ni otra Muerte—a no ser
Que se disipe de ahí.

Ni apego Tierras venideras
Ni otra Acción
Sino a lo largo de esta extensión
El Reino de ti

El poema El reino de ti es más largo y cada estrofa es una loa amorosa escrita con tanta fragilidad y delicadeza que parece a punto de romperse en delicadas esquirlas. Todo un hallazgo. También sirve el blog para los  lectores en inglés,  puesto que Álvaro Torres escribe el poema original y su traducción. 

martes, 4 de marzo de 2014

Tres tipos de libros



 

Extracto del artículo  "Cosas de las que puedes prescindir en tu vida"

Libros
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Solo hay tres tipos de libros que merezcan un lugar en mi estantería.
«Personalmente, soy anti libro electrónico porque creo que los libros de verdad tienen más vida útil, y que la mayoría de e-Books acabará en la basura. Pero, si posees uno, te resultará más fácil llevar a cabo este apartado. Hay tres tipos de libros que merece la pena conservar más de lo que tardas en leerlos. En primer lugar, los libros con un valor sentimental fuerte (si llevan una dedicatoria en la primera página, si hay una historia detrás de ellos). En segundo lugar, los libros firmados por su autor, o que sean muy valiosos para ti (como mi ejemplar firmado de Las vírgenes suicidas, de Jeffrey Eugenides). Por último, los libros que piensas leerte pronto o que relees habitualmente (yo todos los años me releo The Back Country, de Gary Snyder). Esto es todo, amigos. Te sugiero que vendas los demás a cualquier almacén de libros usados. Así, la próxima vez podrás ir allí o a la biblioteca para devorar un nuevo libro».


martes, 18 de febrero de 2014





«A los escritores se les suele preguntar: ¿Cómo escribes? ¿Con un procesador de texto? ¿Con máquina de escribir eléctrica? ¿Con pluma de ganso? ¿Con caracteres caligráficos? Sin embargo, la pregunta fundamental es: «¿Has encontrado un espacio, ese espacio vacío, que debe rodearte cuando escribes?» A ese espacio, que es una forma de escuchar, de prestar atención, llegarán las palabras, las palabras que pronunciarán tus personajes, las ideas: la inspiración.
Si un determinado escritor no logra encontrar este espacio, entonces los poemas y los cuentos podrían nacer muertos.
Cuando los escritores conversan entre sí, sus preguntas se relacionan siempre con este espacio, este otro tiempo. «¿Lo has encontrado? ¿Lo conservas?»
Pasemos a un panorama en apariencia muy diferente. Estamos en Londres, una de las grandes ciudades. Ha surgido una nueva escritora o un nuevo escritor. Con cinismo, preguntamos: ¿Tiene buenos pechos? ¿Es elegante? Si se trata de un hombre: ¿Es carismático? ¿Es atractivo? Hacemos chistes, pero no es ningún chiste.
A este nuevo hallazgo se lo aclama, con seguridad recibe mucho dinero. Los paparazzi comienzan a zumbar en sus pobres oídos. Se los agasaja, alaba, transporta por el mundo entero. Nosotros, los mayores, que ya conocemos todo eso, sentimos pena por los neófitos, que no tienen idea de qué ocurre en realidad.
Ella, él disfruta de los halagos, del reconocimiento.
Pero preguntémosle qué piensa un año después. Me parece escucharlos: «Es lo peor que me pudo haber pasado».
Algunos de los tan publicitados nuevos escritores no han vuelto a escribir o no han escrito aquello que querían, que se proponían escribir.
Y nosotros, los mayores, quisiéramos susurrar a esos oídos inocentes. «¿Aún conservas tu espacio? Tu espacio único, propio y necesario donde puedan hablarte tus propias voces, sólo para ti, donde puedas soñar. Entonces, sujétate fuerte, no te sueltes».

Fragmento discurso de aceptación del Nobel de Doris Lessing 

jueves, 2 de enero de 2014

Los libros del 2013

Llega la época de regalar o que te regalen libros y siempre está bien compartir gustos con otros lectores. Este año ha sido de relecturas y también de descubrimientos. Entre ellos algún clásico. Para no extenderme demasiado apunto los que me han gustado especialmente


 Middlemarch


 La liebre con ojos de ambar




 Prisioneros en el paraíso


 La monja y el capitán





 La librería encantada 
El club de lectura del final de tu vida






La ignorancia